
Es fácil dedicar algún momento a la meditación, a cualquier hora, en el marco de nuestras actividades cotidianas. Sólo dos observaciones:
1 Ser conscientes de que tenemos un cuerpo: para ello, si estamos sentados a la mesa de trabajo, pondremos recta la columna vertebral sin apoyarla en el respaldo, pondremos las manos abiertas sobre los muslos o sobre el escritorio, apoyaremos los pies completamente sobre el suelo y dejaremos de fijar la vista en el ordenador o en los papeles entrecerrando los ojos, lo que nos situará en una mirada centrada a la vez en el exterior y en el interior.
2 Ser conscientes de nuestra respiración: es la clave absoluta para que la meditación tenga éxito.
La mayor parte del tiempo, salvo cuando realizamos un gran esfuerzo que nos lleva al sofoco, no somos conscientes de que respiramos, además, nuestra respiración es débil, se sitúa en la parte superior de los pulmones, y sólo nos sirve para subsistir. De lo que ahora se trata es de amplificar este proceso. Para ello, hay que pasar a un modo de respiración profunda, una respiración lenta y larga cuyo fin se sitúa en el abdomen, en nuestro ombligo. La inspiración se produce entonces naturalmente, de un golpe. Esta respiración es el mejor instrumento que hay para oxigenarse, pero sobre todo para canalizar mejor nuestro universo mental.
La respiración consciente se confunde en efecto con la misma conciencia: cuando respiramos así nos situamos en un estado de atención lúcida, y al salir de ese estado de vigilancia, de esa conciencia de la respiración, vuelve a comenzar el caudal de pensamientos que sólo se ralentiza al hacernos conscientes otra vez de nuestra respiración. Desde la observación de la respiración nos hacemos dueños de nuestro cuerpo y nuestra mente, y con la práctica, accedemos a la calma interior.
Se puede meditar en cualquier sitio, en el trabajo, caminando, en la naturaleza, en la cola del supermercado, basta con recurrir a la respiración profunda y esta nos llevará a esa conciencia sutil que se desarrolla a través de la meditación. Y como decía Gautama Buda: "Cuando inspiro, sé que inspiro. Cuando expiro, sé que expiro".
Vale la pena ser un poco más conscientes.